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Noticia enviada por Olga Ramos Maldonado (Diseñadora gráfica)
La Leyenda sobre la seda… Los escritos de Confucio y la tradición china (Silk - its manufacture and its history») cuentan que en el siglo XXVII a.C. un capullo de gusano de seda cayó en la taza de té de la emperatriz Leizu. Al intentar sacarlo de su taza, la joven de catorce años empezó a devanar el hilo del capullo. Tuvo entonces la idea de tejerlo. Tras observar la vida del gusano de seda a instancias de su marido, el Emperador Amarillo Huang Di, empezó a enseñar a su corte el modo de criarlos, la sericicultura. Desde ese momento, la joven permanecerá en la mitología china como diosa de la seda.
Siempre siguiendo las leyendas, la seda salió de China en dirección a la India en los cabellos de una princesa prometida a un príncipe de Khotan. Esta princesa, negándose a quedarse con su amada tela, desafió la prohibición imperial de exportar gusanos de seda.
A pesar de que la seda fue exportada muy pronto a países extranjeros, la sericicultura fue siempre un secreto cuidadosamente guardado por los chinos. Los otros pueblos tuvieron que inventar diversos orígenes para este maravilloso tejido. Así, los Romanos, grandes admiradores del tejido, estaban convencidos de que los chinos obtenían el hilo de las hojas de los árboles (Leáse: Jean-Noël Robert, "Las relaciones entre el mundo romano y China: la tentación del Lejano Este, Clio 2006. (párrafo: Los Seres, pueblo desconocido de un país inencontrable). Eso es por ejemplo lo que afirmaba Plinio el Viejo en su Historia natural (Libro IV, 20, 54):
“Los primeros hombres que se conocen son los Seres, famosos por el vellón de sus bosques; ellos cardan la parte blanca del follaje después de empaparla en aguay y de esta operación se origina una doble tarea para nuestras mujeres, devanar los hilos y tejerlos de nuevo”: primi sunt hominum qui noscantur Seres, lanicio silvarum nobiles, perfusam aqua depectentes frondium canitiem, unde geminus feminis nostris labos redordiendi fila rursusque texendi).
Los Seres han sido identificados en la Antigüedad con los chinos productores de seda. Acerca de este pueblo ofrecen información entre otros autores antiguos MELA I, 11; SOLINO 50, 2; AM. MARCELINO, XXIII, 6, 67).
Al parecer, los romanos habrían creído que la seda procedía de un árbol, como el algodón, y precisamente de sus hojas y no de sus frutos (así en VIRGILIO, Geórg. II 121). Posiblemente, en este pasaje PLINIO esté mezclando dos técnicas diferentes: la preparación de los vellones para fabricar lana y la de los capullos para la seda (cf. A. Fontán et alii, Plinio el Viejo, Historia Natural. Libros III-VI,, Madrid: Gredos, 1998, p. 314, n. 191) .
La pintura sobre seda natural es de origen chino. La aplicación directa del color con pinceles es muy habitual, pudiéndose utilizar otras técnicas. Aunque el método de pintura en seda más popular es el del sertí de gutta, existen otros medios para lograr acuarelas y distintos efectos, una de ella es la técnica de la sal.
Sin lugar a dudas, un efecto bonito que se logra depositando granos de sal gruesa sobre seda todavía húmeda, pintada con colores diluidos con agua. La sal absorbe el pigmento y una vez seco deja manchas claras, en forma de cristales (este efecto se puede utilizar también con técnicas más controladas). Finalmente, una vez seca la tela, se retira la sal.
Enlaces: Efectos especiales en la pintura - Técnicas de pintura en seda - Anjos Silk. Pintura en seda natural - Silk Color. Técnicas de aplicación
Esta técnica pictórica se basa en el hecho de que la sal, como es sabido, es muy higroscópica y retiene grandes cantidades de agua. La denominación higroscópico deriva del griego hygro‑ ὑγρός (gr. ‘húmedo’) + skop‑ σκοπέω (gr. ‘mirar detenidamente’) y se refiere a todos los compuestos que atraen agua en forma de vapor o de líquido de su ambiente.
Esta es la misma técnica en la que se basa, por ejemplo, la salazón: al colocar un alimento en sal conseguimos que poco a poco pierda el agua, con lo que no podrán tener lugar los procesos de putrefacción.
El naturalista romano Plinio el Viejo en su Naturalis Historia (s. I d.C.: nat. 31, 98) describe esta propiedad higroscópica de la sal, recogida también por Gómez Miedes en sus Comentarios sobre la sal (1572-79: sal. I 31, 3):(1)
«Salis natura est per se ignea et inimica ignibus, fugiens eos, omnia erodens, corpora uero astringens, siccans, alligans, defuncta etiam a putrescendo uendicans, ita ut durent per secula».
“La sal es por naturaleza ígnea y al mismo tiempo enemiga del fuego, del que huye; lo corroe todo, pero a los cuerpos los astriñe, seca, comprime y a los cadáveres los libra incluso de la putrefacción, de modo que perduran durante siglos”
Esta técnica de pintar con sal tiene una explicación científica similar al fenómeno de una escena trivial y familiar como es echar sal sobre la tela de un mantel cuando alguien tira una copa de vino:
LAS MANCHAS DE VINO Y LA SAL
Capítulo 12 del libro II de los Comentarios sobre la sal de B. Gómez Miedes (1572-1579)
"En cualquier lugar siempre se ha atribuido entre los convidados como falta vergonzosa si alguien, vertiendo en la mesa vino, ya sea que esté bastante sobrio y por tanto el hecho es más vergonzoso, ya sea que esté muy ebrio, mancha la espléndida blancura de los manteles.
He sabido que antaño los romanos solían molestarse en los convites ante la vista de esta desgracia de la misma manera que con derramamiento de sangre humana. Y esto no sólo lo he sabido a partir de pasajes diversos, sino sobre todo de la historia del senador romano Quinto Sertorio (cf. Plutarco Sert. 26). Éste, así pues, entonces valiente general de los españoles, por lo demás hombre muy sobrio, cuando vivía en Huesca, ciudad muy insigne de España, hasta tal punto odiaba y le sentaba mal que el vino se derramara de tal modo, que los comensales que habían conspirado para darle muerte no buscaron otra ocasión para provocarlo que fingirse borrachos y derramar en la mesa una copa de vino puro; ésta era, así pues, la señal dada a los conjurados. Y cuando aquél quiso reprobarles su acción, provocada la pelea, lo aniquilaron.
Lo cierto es que actualmente en todo lugar se suele atacar al que derrama y mancha los manteles de esta manera con ánimo tan hostil e irritado, que, siempre que aparecen manchas, no dejan de acosarle todos con murmullos y calladas protestas y sin duda arderían en cólera si la sal, mediadora blanca y pacífica de la mesa [candidus ac pacificus mensae deprecator sal], en el centro y a mano, en seguida no saliera al paso de una desgracia inminente. En efecto, si se aplica y esparce sal sobre las manchas todavía húmedas, no sólo las cubre y disuelve cuando el vino se seca, sino que también, tras restituir a los manteles poco más o menos su blancura primitiva, apacigua los ánimos de los convidados. "
¿Cuál es la explicación científica de esta práctica habitual de eliminar las manchas de vino con sal?(2)
A escala microscópica se ejercen fuertes atracciones entre las fibras del mantel, hechas de algodón de celulosa (polímero de la glucosa formado por numerosas moléculas de azúcar encadenadas) y las moléculas de los colorantes naturales del vino (procedentes de la uva).
Es como si las fibras de celulosa tuvieran una tira de velcro diminuta que les permitiera capturar las moléculas del colorante.
He ahí, en la firme fijación de unas moléculas con otras donde reside la amenaza de la “temible mancha roja”, que habría que eliminar lavando el mantel con mucha agua y uno de nuestros modernos y eficaces detergentes. Salvo que apliquemos rápidamente SAL, que desempeñaría la función de un útil ayudante.
La sal se disuelve, como es sabido, en el agua y, por tanto, también en el vino, que es una mezcla acuosa. Los diminutos cristales de la sal atraen al vino, y con él a los colorantes disueltos en él, para disolverse, en parte, en el vino. Los cristales de sal restantes, los que permanecen en estado sólido, confieren a la mezcla su aspecto pastoso y adsorben a su vez determinados colorantes.
Las adherencias microscópicas entre un soporte y las moléculas más diversas reciben el nombre genérico de ADSORCIÓN.
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(1) Cf. S. RAMOS MALDONADO, «La sal y la técnica de la salazón en la Antigüedad: estado de la cuestión en el siglo XVI», Actas del Congreso Internacional Cetariae. Salsas y salazones de pescado en Occidente durante la Antigüedad, Universidad de Cádiz, Noviembre de 2005, Colección British Archaeological Reports. International Series Xxxx, Oxford 2006, 163-171.
(2) Cf. P. LASZLO, Los caminos de la sal, Madrid: Ed. Complutense, 2001, pp. 154-156.
A pesar de ser LA SAL un elemento conocido e imprescindible desde las civilizaciones más antiguas, -Platón la llamó “cuerpo amado por los dioses” (Tim. 60e)- habrá que esperar hasta 1807, año en que se aisló por primera vez el sodio, para llegar a aprehender su verdadera naturaleza:
La SAL es un compuesto formado por dos elementos (un ácido más una base), el elemento sodio -un metal de color plateado que reacciona tan violentamente con el agua, que produce llamas cuando el sodio se moja-, y el elemento cloro -un gas de color verdoso tan venenoso, que fue usado como un arma en la Primera Guerra Mundial-. Cuando estos elementos químicos se enlazan, estas dos peligrosas substancias forman un compuesto, un cristal, el cloruro de sodio, tan inofensivo ya, que lo comemos todos los días: la sal de mesa común.
metal de sodio + gas de cloro = sal de mesa Pues bien, ¿en qué punto del camino se halla la definición física de la SAL en la primera monografía científica sobre el más antiguo de los condimentos? Así describe Gómez Miedes la SAL [I 14,1]:
«La sal es una especie de jugo (succus) compuesto de tierra y de humor (mistus ex terra et humore), condensado por la fuerza del calor (ui caloris concretus) en sabor salado, de facultad cálida y seca (calidus et siccus), pero que puede contener en sí misma las restantes cualidades primarias, no pasivas, tan útil y necesaria para la naturaleza y la conservación de las cosas, que parece que ha sido creada completamente por inspiración divina, ora para la fecundidad de los seres vivos, ora para su salud y el disfrute de la vida».
Y para poner un ejemplo de mineral de similar «solidificación» [concretio] inserta en su segunda edición un apéndice «señalado» con asteriscos, de apenas dos líneas, sobre la solidificación del crystallus (gr. krýstallos), el cristal de roca o cuarzo, a partir de la explicación de Diodoro Sículo (cf. D. S. 2,52): se trata de «agua pura solidificada en piedra (lapis) no tanto por el frío como por la fuerza del divino calor».
Aunque todavía estamos lejos de la descripción físico-química moderna de la sal, encontramos una definición de la sal que la considera un “jugo (succus) compuesto” formado por la mezcla de dos elementos básicos o primarios (terra et aqua siue humor) y es el resultado de una solidificación idéntica a la que experimenta el crystallus. Gómez Miedes coloca la mayoría de sus observaciones al amparo de alguna autoridad, generalmente clásica. ¿Por qué no apoya su definición de la sal con el nombre de alguna autoridad en la materia, clásica o no, como hizo con la definición del cristal de roca? ¿De dónde procede la definición de succus mineral?
Platón en su Timeo o de la Naturaleza esbozó el esquema de una meteorología, en el sentido antiguo del término, pero la definición no solo de la sal (a la que considera una de las especies de tierra con mezcla de agua), sino del resto de los cuerpos o elementos que forman parte de la naturaleza resultan tan oscuros y la explicación harto complicada, que las primeras nociones científicas de mineralogía hay que buscarlas en los Meteorológicos de Aristóteles, lo más parecido a un tratado de química (Junceda, 1981, 37-58).
Reconoce Aristóteles los cuatro elementos propuestos por Empédocles, el aire, el agua, la tierra y el fuego, pero les integra cuatro atributos que considera de máxima universalidad y que se dan como parejas contrarias: el calor y el frío (potencias activas), la humedad y la sequedad (potencias pasivas).
La explicación de todos los fenómenos cíclicos de la naturaleza se realiza mediante las interacciones entre dos formas de exhalaciones, una seca y caliente y otra húmeda y fría, que producen la transición entre los cuatro elementos clásicos.
Debía ser grande el número de los minerales que los griegos conocían cuando Aristóteles intentó clasificarlos, formando con los cuerpos naturales, en su tiempo estudiados, dos grandes clases: la de los fósiles (oryktá) y la de los metales (metalleutá) formados, según él por dos exhalaciones, una vaporosa y otra humeante, que genera la tierra (Junceda, 1981, 37-58). Esta teoría prácticamente se mantendrá intacta durante más de veinte siglos (Halleux, 1974, 65 et ss.).
La sal aparece descrita escuetamente por Aristóteles (Meteor. 388b 10-17) como un cuerpo solidificado por el calor, cuyo componente esencial es la tierra, frente al hielo (krýstallos), que es esencialmente agua solidificada por el frío: «Aquellos de los cuerpos sólidos que se solidifican por efecto del frío son de agua, v.g.: el hielo [gr. krýstallos], la nieve, el granizo, la escarcha; los que se solidifican por el calor, son de tierra, v.g.: la arcilla, el queso, el natrón, las sales [gr. háles]» (Candel, 1996, 417).
Gómez Miedes, pues, al no considerar el “crystallus” como un “hielo congelado”, sino una “piedra solidificada” no sólo se está apartando de la tradición aristotélica, sino incluso de la escolástica y bíblica (Ramos Maldonado, 2000, 230)[1].
Plinio el Viejo consagró los libros XXXIII a XXXVII de su Historia Natural a la descripción de los minerales (Healy, 1986, 111-146 Halleux, 1974, 65 y ss; Domínguez García - Riesco, 1993, 27-35), dando a conocer las propiedades sobrenaturales o medicinales que les atribuyeron los antiguos. La sal y sus aplicaciones ocupan numerosas partes de la enciclopedia pliniana, pero no incluye su estudio en el bloque dedicado al «reino mineral» (libros XXXVI-XXXVII), sino sobre todo en el dedicado a la farmacopea animal, casi al final del libro XXXI que contiene «los remedios procedentes de los animales acuáticos». No encontraremos aquí una definición precisa de la sal, sino una escueta descripción del condimento mediante ablativos absolutos, umore coacto uel siccato (nat. 31,73), es decir, «líquido condensado o desecado» por acción de aestivi soles. Define a su vez el crystallus como (nat. 37, 23) gelu uehementiore concreto, es decir, “hielo solidificado por un frío muy intenso”. Estilo abrupto, braquilógico, que obedece a las reglas de la expresión condensada del sermo technicus que ya Catón respetaba y que contribuyó a la fama de oscuro del naturalista.
Las Sagradas Escrituras y los autores cristianos no dicen apenas nada sobre la naturaleza de la sal, salvo sobre su valor etimológico y simbólico (incorruptibilidad, hospitalidad, etc.) y usos en diferentes sacrificios.
El libro XVI de los Etymologiarum siue originum libri XX de San Isidoro de Sevilla (570-636 d.C.), trata de la mineralogía (De lapidibus et metallis) y utiliza la subdivisión en piedras y metales, adoptada ya por Plinio, siguiendo a Aristóteles y su discípulo Teofrásto. Realiza las siguientes etimologías de la sal, en el apartado de glebis ex aqua, productos térreos procedentes del agua (ISID. orig.16, 2, 3-6) y del cristal (en el apartado de crystallinis (ISID. orig.16,13,1): «Piensan que la sal se llama así porque salta cuando se la echa en el fuego. Otros consideran que se llamó sal por salum (mar) y sol. [...] De ahí hay quien piensa que tomó su nombre la salud (salus), pues no hay nada más útil que la sal y el sol». […] «El cristal es luminoso y del color del agua. Se dice que es nieve endurecida por el hielo durante años, de ahí que los griegos le impusieran tal nombre».
Durante el tiempo que transcurrió de Plinio (24-79 d.C) a Avicena (980-1036) no se encuentran escritos referentes a los minerales. En correspondencia con los Meteorologica de Aristóteles, algunas secciones de la Shifā (Libro de la curación) y del libro Najāt (Libro de la salvación) de Avicena, examinan «las cosas altas» y lo que el filósofo y médico árabe llama la formación de las cosas inanimadas. Cerca del año 1200, el inglés Alfredo de Sareshel tradujo parte de las secciones de la Shifa, parafraseándolas directamente del árabe al latín, y a esta paráfrasis le puso el título de De mineralibus (S. F. Afnan, 1965, 286). Agrupó los minerales en cuatro clases: las piedras o cuerpos incombustibles, los metales o sustancias fundibles, los sulfuros y las sales, cuyo nombre aparecía por primera vez en un sistema de mineralogía, indicando materias que se disolvían en el agua, mezclándose con ella para constituir líquidos cuyas propiedades dependían, naturalmente, de las que la sal tuviera. Considera la sal como una “sustancia acuosa que el calor solidifica con ayuda de la fuerza de la sequedad de la tierra” (Achena-Massé, 1986, 51-53).
Dos siglos después Alberto El Grande (1193-1280) escribió un tratado De mineralibus et rebus metallicis libri quinqué, en el cual se dan a conocer las enseñanzas practicadas en aquellos tiempos. Ciertas ideas antiguas relativas a los minerales cristalizaron en el supuesto de que por el calor interno fueron destilándose los metales en las grietas del suelo, rellenándolas y originándose así los filones metalíferos. Pero no hallamos en él una definición precisa de la sal (he consultado la edición editada en Estrasburgo, en 1541, p. 178v), que la considera un mineral medius, “intermedio o intermediario” entre las piedras y los metales: Unum de mediis et primum est sal…efficitur ex terreo grosso et combustum est postquam commixtum erat aqueo et ideo omne sal resolui incipit in aqua frigida et in aere frigido et humido (“Uno de los intermediarios y el principal es la sal …que procede de un cuerpo terroso grueso, que, después de mezclarse con un cuerpo acuoso, arde y por ello toda sal empieza a disolverse en agua fría y en un ambiente frío y húmedo”).
Hasta el momento nada parecido a la novedosa definición de succus mineral que emplea Gómez Miedes. Pero, después de analizar y estudiar diversas obras sobre mineralogía del siglo XVI descubrí la verdadera fuente: el alemán Georgius Agricola (1494-1555), considerado uno de los fundadores de las modernas mineralogía y metalurgia.
Critica la clasificación mineral de sus precursores: el sistema binario [fósiles (piedras-tierras) y metales] de Aristóteles, el cuaternario [piedras, metales, azufres y sales] de Avicena y el ternario [piedras, metales e intermediarios] de Alberto El Grande. En su De ortu et causis subterraneorum, publicado por primera vez en 1544, reconoce la inexistencia de una adecuada definición de la sal desde Aristóteles, pasando por Teofrasto y Alberto el Grande (Agricola, 1558, 43-44): «Pero sobre el origen de los jugos condensados Aristóteles no hace mención alguna. De la sal sólo dice que es una especie de tierra y que la exhalación seca produce por ignición, como el azufre y el rejalgar. Lo que opinara Teofrasto se ignora, pues su libro Sobre la sal, el nitro y el azufre se ha perdido. Alberto en cambio piensa que las sustancias que participan de dos cosas contrarias, entre las que incluye los jugos condensados, salvo el betún y el azufre, se producen a partir de la mezcla de exhalación y vapor, es decir, como él afirma, de la combinación material del metal y la piedra» (la traducción es mía).
Agricola no define la sal en un lugar concreto de sus obras sobre minerales, sino por diversos lugares, definición que yo he reunido así: es un succus concretus macer qui nascitur ex liquore permisto cum terra, “un jugo condensado, seco que nace de un cuerpo líquido mezclado con tierra” (Ramos Maldonado, 2000, 229-230). El término SVCCVS es la primera vez que lo encuentro aplicado a los minerales y es, como hemos visto, el que utiliza Gómez Miedes para definir la sal. Agrícola define un succus como un “humor graso y siempre compuesto”: CRASSVS ET MISTVS SEMPER HVMOR. Por su parte considera el CRYSTALLVS, un LAPIS (una “piedra”, como Diodoro, no “hielo congelado”, como Aristóteles, la Biblia y los autores cristianos), es decir, un “cuerpo fósil seco y duro”, CORPVS FOSSILE SICCVM ET DVRVM INTRA TERRAM FRIGORE (sic) DENSATVS.
Al introducir, pues, la novedosa noción de succus mineral, Agrícola establece cuatro clases de minerales: tierras, jugos condensados, piedras y metales. Las tierras son cuerpos simples de donde se forman la arcilla, la greda, el ocre; los jugos condensados son duros y se disuelven o ablandan en el agua: los divide en “magros (macri)” y “pingues” (pingues)”. Las clases de piedra se dividen en: rocas de cantera, mármoles, gemas o piedras preciosas y piedras comunes. Y los metales difieren de las piedras por su reacción en el fuego. Pues las piedras son cuerpos no licuables, mientras que los metales son fusibles (Hirai, 2005, 113).
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RECONSTRUCCIÓN DE LA CLASIFICACIÓN DE LOS FÓSILES[2] (AGRICOLA, De naturra fossilium, 1546)
I. Fluidos y exhalaciones (partículas sueltas)
II. Minerales (partículas solidificadas)
A. Homogéneos (las partes mínimas son todas iguales)
1. Fossiles simplices (de una sola sustancia):
a. TERRAE (moldeables con humedad): argilla, creta, terra medica
b. SUCCI CONCRETI (duros y secos que con agua se disuelven) b1. Magros: líquido + tierra ( SAL, nitrum) + metal (chrysocolla, aerugo, auripigmentum, ferrugo) + compuesto mineral (alumen, atramentum sutorium) b2. Pingües (extraídos de tierras mediante el fuego) (sulfur, bitumen, sandaracam, auripigmentum)
c. LAPIDES (duros, se pulverizan o licuan con fuego) c1. COMMUNI: (magnes, haematites, aetites) c2. GEMMAE: Gemas duras con transparencia brillantes (adamas, smaragdus, carbunculus) c3. MARMORA: Sólo brillan si se pulimentan (porphyrites, ophites, Parium) c4. SAXA: Sin color ni brillo (arenarium, calcarium)
d. METALLA (se funden con calor, y con frío retornan a su condición original) d1. (aurum, argentum, plumbum) d2.(ferrum) d3 (argentum vivum)
2. Fossiles misti et compuesti (constan de dos o tres fósiles simples homogéneamente unidos, separables sólo mediante el fuego. Aleaciones)
a. LAPIS et SUCCUS CONCRETUS b. METALLUM et TERRA c. LAPIS et METALLUM in partibus aequalibus d. LAPIS et METALLUM abundans e. LAPIS abundans et METALLUM f. LAPIS et METALLUM et SUCCUS CONCRETUS
B. Heterogéneos (mezclas en que las partes conservan su forma e identidad incluso a simple vista, siendo separables por fuego, por agua o a mano) : conglomerados diversos
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Su clasificación de los minerales tiene ya un carácter científico. Tenía en cuenta una gran cantidad de propiedades físicas (color, peso, dureza, brillo, transparencia, olor, sabor, textura, untuosidad o sequedad, fragilidad, exfoliación, solubilidad, combustibilidad, etc.), pero las principales eran la solidificación con frío o calor que distingue a los dos tipos fundamentales de piedras y separa a los metales de los jugos solidificados, como las sales, pues provienen de tierras disueltas en líquidos evaporables (Solís-Sellés, 2005, 569). Por primera vez introduce en ella la noción de la complejidad de los compuestos, es decir, los principios químicos. Este sistema sirvió de fundamento para todos los trabajos mineralógicos posteriores hasta el siglo XVIII.
CARDANO, pocos años después, definirá en su De subtilitate (1550) la sal del siguiente modo escueto al modo de Agricola: succus cum terra, “un jugo con tierra” (Cardano, 2004, 486).
Y en el siglo XVII, en la monumental Philosophia Naturalis de HENRICVS REGIVS (Amstelodami, 1654, 203), hallaremos la siguiente definición de la sal: “Todos los tipos de sales fósiles son jugos solidificados (succos concretos)… que constan de partículas oblongas y duras, … todas son ácidas y tienen sabor picante”.
En fin, la fuente «mineralógica» principal de Gómez Miedes para su moderna definición física de la sal es claramente el alemán Agricola, nombre silenciado, pero no sus teorías, en este capítulo clave de sus “comentarios enciclopédicos” para eludir la censura inquisitorial española, recelosa de los autores procedentes de la zona protestante (Ramos Maldonado, 2000, 231). Por ello la única fuente que se puede permitir citar sin despertar sospechas o suspicacias y que está más cercana al pensamiento del científico alemán y por extensión del propio Miedes es la de un autor griego, Diodoro Sículo -al que considera junto con Heródoto, el más importante historiador de la Antigüedad, como luego dirá-, el cual le ofrece una definición de un mineral de “cristalización” parecida a la de la sal.
Estamos en el siglo XVI, en el camino recto hacia el conocimiento químico de la sal, aunque haya que esperar al siglo XVIII para el despegue y el desarrollo moderno de la química y al principio del siglo XIX para que se de el primer paso de gran relevancia (Solís-Sellés, 2005, 566 y ss.).
[*] Selección de S. RAMOS MALDONADO, “Los Commentarii de sale (Valentiae, 1572-79) de B. Gómez Miedes: una enciclopedia renacentista sobre la sal”, en Actas del Congreso Internacional “Las salinas y la sal de interior en la historia: economía, medioambiente y sociedad” (Sigüenza, 6 al 10 de septiembre de 2006), en prensa.
[1] Cf. S. RAMOS MALDONADO, «Humanismo, censura y mineralogía: la formación del cristal de roca y la sal según Palmireno y Gómez Miedes», Estudia Philologica Valentina 4 (2000), 209-235: Gómez Miedes firmó el definitivo Nihil obstat (1569) del libro de su amigo Palmireno (Vocabulario del Humanista) censurado por el carmelita Miguel Carranza a propósito de un pasaje sobre la formación del cristal de roca que iba en contra de lo escrito en las Sagradas Escrituras, castigatio que no sé hasta qué punto fue dictada por el propio D. Bernardino, dados sus conocimientos en materia mineralógica y, sobre todo, de la obra de Andrés Laguna -auténtica fuente de Palmireno-, quien no consideraba el cristal de roca “hielo congelado”, porque iba contra la lógica y la experiencia. En 1579 Gómez Miedes, en sus Comentarios sobre la sal, rectifica y da la razón a Palmireno (y, por extensión, a Laguna).
[2] Cf. Solís-Sellés, 2005, 566-570. La expresión “fosil” para aludir a un resto orgánico petrificado es del siglo XIX. Aristóteles (Meteor. 378a17-378b4) distingue dos tipos diferentes de cuerpos generados en la tierra, los que pueden obtenerse excavando (oryktá), generados por la exhalación seca y caliente por ignición, y los que pueden obtenerse en las minas (metalleutá), generados por la exhalación vaporosa, fría y húmeda. En la época que nos ocupa, un “fósil” era ya cualquier cosa que se hubiera excavado (del latín fodio, excavar; fossa, excavación) y se encontrara dentro de la tierra, englobando los conceptos de oryktá y metalleutá aristotélicos. Torben Olof Bergman (1735-1784), químico y mineralogista sueco que asentó las clasificaciones químicas, publicó en el año de su muerte unas Meditationes de Systemate Fossilium Naturali, quien reconoce en el capítulo 189 que orictología es una denominación más exacta de la ciencia de los “fósiles” (todo cuerpo inorgánico del fondo de la tierra) que la mineralogía (cf. García Belmar-Bertomeu, 1999, 133).